Nemesio Canales sobre el periódo electoral y los discursos

marzo 23, 2012
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PALIQUE LXIX

PONIÉNDOME PRECIO

Voy a tocár hoy una cuestión muy espinosa. Se trata de que ha comenzado ya el período electoral.

Se trata de que, una vez iniciado el período electoral, los oradores se ponen en boga, y no hay pueblo de la isla que no se disponga a celebrar su meeting o sus meetings.

Se trata, finalmente, de que yo, ¡ay!, pertenezco, por malos de mis pecados, al gremio desdichado de los que toman la palabra.

Arrastrado por un amigo de cuyo nombre no quiero acordarme por no maldecirlo, me atreví una vez a escalar la tribuna con un embotellado entre pecho y espalda, y desde entonces perdí para siempre la calma y el sosiego.

En cada periodo electoral me he visto obligado a rodar de pueblo en pueblo, convertido a la fuerza en un torrente inagotable e inaguantable de elocuencia. He hablado en San Juan, Ponce, Mayagúez, Arecibo, San Germán, Yauco, etc., etc.; y he dicho, y les he oído a mis colegas, tantas necedades, que no sé cómo no he ido a parar hecho un idiota o un criminal al manicomio o a la cárcel.

Creo sinceramente que no puede existir mayor desgracia en este perro mundo que la desgracia de verse uno obligado a volverse elocuente cada dos años, con esa elocuencia insustancial y cursi de los meetings políticos.

Yo he dicho ya en todos los tonos que no tengo vocación ni aptitudes para la oratoria; que cada discurso me cuesta un esfuerzo tan extraordinario que me pone en un tris de perder la razón y hasta la vida; que sólo sirvo para estar callado, y que de buena gana me amputaría la lengua y me quedaría mudo si no fuera porque, de cuando en cuando, siento una gran necesidad de murmurar algo, cosas del alma muy hondas y muy vagas, en el oído ávido de una amable mujer..

Yo he dicho en todos los tonos que antes de tomar la palabra tomaría el presidio o la horca, y lo repito ahora, y lo estaré diciendo mientras viva; ¡pero no me lo quieren creer! Se figuran que lo digo por esa hipócrita y condenada modestia que nuestros bobalicones abuelos cultivaron tanto. Se figuran que lo digo, como lo dicen otros, por darme tono, por darle más realce a mis discursos, por echar mano de la manoseada formulita oratoria que consiste en decir modestamente al comienzo del discuso que uno no es orador y que tiene la lengua torpe y qué se yo cuántas, enfadosas zarandajas más.

No hay, pues, salvación para mí. Quiera o no quiera he de ser orador, y ya me estoy viendo rodar una vez más de pueblo en pueblo con tamaño discurso en la boca.

Y lo peor de todo no es eso. Lo peor de todo es que todavía mis queridos paisanos no se han dado cuenta de que, por lo menos mientras no salgamos de esta edad mercantilista en que vivimos, un discurso, malo o bueno, debe tener un valor, subido o bajo, como lo tiene una receta de un médico, una defensa de abogado o un artículo de comerciante.

Ya que se nos hace hablar, páguesenos. Ya que se nos piden discursos y más discursos, tásense estos discursos y retribúyase el esfuerzo mental grande o pequeño que cuestan.

¿Quién se atreve ir a pedir medicinas a una botica o telas a una tienda sin pagar su precio? ¿Quién se atreve llegar a un hotel y sentarse a la mesa y pedir que le sirvan gratis?

¿Pues por qué razón se ha de considerar el orador, por malo que sea, fuera de esa ley universal de la compensación? Si es un robo el tomar mercancías en una tienda sin idea de pagarlas, ¿por qué no ha de ser robo el tomarle discursos a un creador sin intención de retribuirle el esfuerzo?

Ya sé que seguidamente invocará alguien razones de patriotismo, pero esto del patriotismo da ganas de reir si se tiene en cuenta que ni el médico, ni el comerciante, ni el abogado, m nadie, por muy patriota que sea, da otra cosá que su voto a su partido. A nadie se le ocurre ir a pedir telas al comerciante o drogas al boticario invocando la razón del pátriotismo. Se podrá dar dinero, pero esto es a título de regalo o donativo, como se da para un hospital u otra obra benéfica.

Si, pues, a nadie se le pide como contribución obligatoria a un partido otra cosa que el voto, ¿por qué ha de ser el orador el único obligado a poner encima de su voto su trabajo, su ímprobo trabajo, sin más retribución que la de una sonrisita y un apretoncito de mano al bajar, hecho una sopa, de la tribuna?

No; lo que es a mí nadie me roba más el sudor. Lo que es a mí nadie me lleva y me trae en época electoral, nadie me joroba más con discurso en plazas y en despoblados; nadie me impone la dura obligación de volverme un Demóstenes, sin estar dispuesto a pagarme en buen dinero un precio razonable por mi esfuerzo. Una de dos: o mis discursos no valen nada y en ese caso nadie pierde nada con no solicitarlos y dejarme tranquilo en mi casa, o valen algo, y en este caso hay que pedirme precio y pagarme por ellos.

Sepan, pues, mis queridos correligionarios que este elocuentísimo orador, nuevo Cicerón domiciliado en Ponce, Puerto Rico, les ofrece modestamente sus servicios tribunicios este año por un precio módico que variará según la distancia del pueblo y según la duración del discurso.

Aquí, en la calle Isabel, número 11, estoy a la disposición de todo comité o individuo que haya aprendido a apreciar y respetar debidamente el trabajo ajeno.

Para los otros, para los gorristas de todo género acostumbrados a robarse el ajeno trabajo, para esos hace tiempo, ¡ea!, que me he puesto un candado en la boca.

He vivido y viviré siempre en poeta, pero de poeta a mentecato hay un enorme abismo. He dicho.

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